CREADO POR:

BIBIANA ZEMANATE SOTELO
MARCELA BURBANO GOMEZ

PRESENTADO A:
MAG. CARLOS GERARDO RENGIFO

CUENTOS AMBIENTALES

Cuando la naturaleza se enfada.





   Hay veces –dijo el abuelo a su nieto-que la naturaleza parece como si se enfadara: el mar, que hasta ese momento estaba tranquilo, ahora se agita, se pone bravío y las olas chocan contra las rocas de la costa dejando una estela de espuma blanca.    Otras veces una montaña desde las profundidades de la tierra, arroja piedras incandescentes y lava a la superficie.    En algunas ocasiones la corteza terrestre se agrieta, todo se mueve y las casas y cuanto hay en la superficie se destruye o se deteriora según la intensidad del temblor de tierra. __  ¿Sabes como se llaman estos fenómenos de la naturaleza? __  Sí –respondió su nieto-. Cuando sopla muy fuerte el viento sobre el mar, se produce una tempestad. Una montaña que arroja lava es un volcán. Y cuando la tierra tiembla es un terremoto. __  Bien –dijo el abuelo-. Además de esto, se me olvidaba decirte también, los daños que producen las lluvias torrenciales cuando se desbordan los ríos; ahora bien ¿tú crees que todos estos fenómenos de la naturaleza son inevitables? __  Pues yo creo que sí, que no se pueden evitar. __  Cierto, es así. Siempre han existido, sin embargo, el modo de vida en nuestra actual civilización ha aumentado los perjuicios de estos fenómenos a causa del cambio climático. __  ¿Qué es el cambio climático, abuelo? __  El cambio climático es la respuesta de la naturaleza cuando se le trata mal; entonces ella responde mal…es como si se enfadara mucho más que en tiempos pasados; es decir, la naturaleza reacciona de modo distinto al habitual, cuando se le molesta arrojando a la atmósfera excesivos gases contaminantes; cuando se vierten a los ríos y a los mares desechos, petróleo y basura; cuando no se depuran las aguas que van a parar al mar o a los ríos; cuando se talan excesivos árboles de las selvas y los bosques provocando la desertización de la tierra y tantas y tantas agresiones a la naturaleza, que no tiene más remedio que reaccionar de forma distinta a como lo ha hecho siempre. __  Ahora ya comprendo, abuelo, porqué se produce el cambio climático. __  Y ahora te voy a hacer otra pregunta: ¿a quién afecta más estos perjuicios cuando la naturaleza se enfada? –dijo el abuelo. __  Yo creo que a todas las personas, abuelo. __  Es cierto. A todas las personas, pero sobre todo a los países más pobres. __  Es verdad –dijo el niño-. A veces veo en la televisión las víctimas que causan los terremotos o las riadas, sobre todo, en los países pobres de Asia o África. __  Efectivamente, los países que más agraden a la naturaleza son los países más ricos, cuyas consecuencias negativas, las sufren más los países pobres. Fin

El bosque enfadado.



Hace muchos muchos años, existía un bosque que estaba situado justo en el corazón de lo que era -en ese entonces- un pueblo pequeño. En esos tiempos el bosque se erguía firme y orgulloso, brindando sombra y un cálido refugio a muchos animalitos. Sus árboles eran fuertes, altos, sanos.

Aves, reptiles, ardillas, lechuzas, ciervos y muchos animalitos pasaban sus días en armonía, se alimentaban de la hierva siempre fresca, tomaban el agua limpia de los arroyitos y dormían bajo la sombra generosa de la copas de los árboles.

Así fue por mucho tiempo, tanto que ni siquiera el abuelito más viejo recuerda.

Era un bosque “encantado”, pero no porque allí ocurriesen cosas mágicas o extrañas, simplemente era “encantado” pues estaba encantado de ser un bosque tal y como era.

Pasaron los años y con ellos muchas cosas cambiaron. El pueblito que rodeaba al bosque ya no era tal, se había convertido en una ciudad.  Había más casas, más fábricas, más gente y sobre todo mucha, pero mucha más basura.

Casi sin darse cuenta, el bosque fue cambiando su paisaje. El agua ya no era transparente y limpia. Los animalitos muchas veces enfermaban por tragar bolsas de plástico o basura que la gente dejaba luego de hacer un picnic.

La hierba ya no crecía feliz, pues en muchos sectores del bosque el fuego había dejado su marca para siempre. Los árboles no respiraban igual, porque el aire estaba contaminado y tampoco podían alimentarse bien,  el suelo ya no era el mismo.  Es más,  no había la misma cantidad de árboles que antes, muchos habían sido talados para utilizar su madera.

Todos los animalitos se asombraban cuando escuchaban los relatos de los añosos árboles que les contaban cómo era la vida antes que el pueblito fuese lo que era hoy en día.

Les costaba creer que antes el agua podía tomarse sin que a nadie le doliese la barriga y que no hubiese peligro de tragar algo que no fuese un rico fruto.
– ¡Esto no es vida! – Dijo un buen día un ciervo cansado ya de comer pasto quemado.

– ¿Hasta cuándo viviremos así? – preguntó un pino mientras tocía y su copa se mecía.

– Habrá que pensar algo amigos – contestó un conejo que se agarraba su pancita con sus cuatro patas y sus dos grandes orejas – el agua del arroyo no se puede tomar.

– Bosques encantados eran los de antes. Miren nuestro aspecto ahora, más que encantado, parecemos un bosque enfadado – Comentó el árbol más viejito de todos.

No eran ellos en realidad quienes debían tomar cartas en el asunto, sino las personas que habitaban la ciudad y no cuidaban la naturaleza como debían.
Aún cuando los animalitos del pobre bosque enfadado nada habían pensando, la fuerza de la naturaleza se hizo sentir solita, sin ayuda de nadie.

El estado en que el bosque se encontraba,  no era triste sólo por su aspecto, sino por sus consecuencias.

Al haber talado tantos árboles, ya la ciudad no tenía la sombra fresquita de antes, el clima estaba enrarecido y el calor era mayor del que la gente podía aguantar.

Ya no había tantas copas generosas que taparan la fuerza con la que el sol se hacía sentir. Abundaban las gorras en la cabeza y la gente empezó a salir menos de su casa.

El agua enfermó también a los habitantes de la ciudad, no sólo a los animalitos.

Los cultivos y las flores comenzaron a escasear y con ellos sobrevino el hambre y la tristeza.

Parecía una pesadilla, donde los habitantes de la ciudad veían en el bosque una especie de monstruo enojado que mostraba su furia y la hacía sentir.
Y, como en una pesadilla, la realidad no era la que se cree ver. Aún así, sin que el bosque hubiese querido asustar a nadie, ni se hubiese convertido en un monstruo, la gente comenzó a tener miedo por primera vez.

Los animalitos que muchas veces se hacían una escapadita a la ciudad, que no eran todos por cierto,  se enteraron que la gente estaba muy asustada y más preocupada todavía.

– Escuché que la gente piensa que todo el bosque está muy enojado con ellos– comentaba una ardillita que venía de una feria donde había comido todas las nueces posibles.

– Yo escuché que creen que los estamos castigando – Decía un pino muy alto que movía su copa a su antojo para escuchar conversaciones lejanas y ajenas.
– ¡Eso no es verdad! No estaremos de lujo, pero no queremos hacerle daño a nadie – contestó el conejo que seguía agarrándose su pobre barriga.

– Déjenlos que crean lo que quieran, ellos han sido los responsables de este desastre. Un buen susto no les vendrá nada mal – Sentenció el árbol más añoso y al cual todos escuchaban y respetaban.

El viejo árbol continuó:
– Es más, cuando alguien venga a pasear  lo ayudaremos un poquito  más a tomar conciencia.

El ciervo empezó a preocuparse, tenía miedo que los años hubiesen echado a volar el buen tino que siempre había tenido el árbol.

El viejo árbol decidió que por primera vez en su vida, se daría el gusto de hacer una travesura, que en definitiva, sólo tenía un buen fin.

Les pidió a las ardillas que a cada persona que pisase el bosque le arrojasen en la cabeza cuanto fruto encontrasen.

– ¿Es necesario? - Preguntaba dudoso el ciervo que ya estaba seguro que el árbol había perdido la cordura.

– Será divertido y voy por más – contestó seguro el viejo árbol.
– ¡Ay no ¡qué alguien detenga a este anciano por favor! – gritaba el ciervo sin agarrarse los cuernos porque no le era posible, nada más.
El árbol ordenó a todos los búhos que vivían en las ramas de los árboles del bosque que, cada vez que alguien quiera cobijarse bajo la sombra ya escasa de alguno de ellos, empezaran a hacer “buhhhh” o el sonido que pudiesen, pero que provocase miedo.

– ¿No será demasiado? – Preguntaba el ciervo ya en forma de súplica.
– No será la mejor forma, reconozco, pero creo que los ayudará a cuidarnos y cuidarse un poquito más.

El bosque entero se puso en marcha, bajo la constante queja y duda del pobre ciervo.

No hubo persona que entrase al bosque, que no notase algo extraño, y como ninguno tenía la conciencia tranquila, entendieron lo que la naturaleza solita había tratado de explicarles antes.

La voz corrió muy rápido en la ciudad, ya nadie tenía dudas que el bosque –de una u otra manera- se estaba quejando, sonidos extraños, frutos lanzados, ramas que asustaban. Todo esto sin contar lo que venían notando hace tiempo en la ciudad, la temperatura, el agua intomable, la poca vegetación.
Muchas veces, a las personas nos cuesta entender cosas que, en realidad, son muy sencillas y que saltan a la vista. Fue necesario que el bosque tomara cartas en el asunto, para que la gente, ahora sí consciente del daño que le estaba haciendo, lo cuidara un poco más y en definitiva se cuidara a ella misma.

Todos comenzaron a cambiar su actitud y si bien el daño causado ya no podía revertirse, sí podían evitar daños mayores.

Así fue que la gente de la ciudad comenzó por no cortar más árboles, siguió por plantar nuevos, no usó más bolsas de plástico, no hizo fuego en el bosque y muchas más cosas que protegieron no sólo al bosque, sino a todos.  De esa manera vivieron mucho más tranquilos y felices, sobre todo el ciervo que ya no tuvo que preocuparse por las  ideas del viejo árbol.

Fin

3 comentarios:

  1. un cuento bastante real...ya que lo que se vive en éstos tiempos y en cuanto a la conservación de los recursos naturales no alejado al relato del cuento..mejor aún tratar de covencer a las personas y lograr cambios de conductas y patrones que no ayudan. sino que deterioran nuestra gran casa.

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